Algo no había salido bien. Durante el asalto sorpresa, los troyanos deberían haber sucumbido sin mayor dificultad y los aqueos haberse impuesto en nombre del sacrificio y la justicia. Así lo dictaminaba la Historia. No obstante, la resistencia fue encarnizada y feroz a pesar de haber sitiado y dejado sin suministros de agua y comida a la ciudad; consecuentemente, la infiltración por parte de los aliados durante la noche derivaría en el mayor combate producido desde el inicio de la guerra.

El asalto tuvo que realizarse casa por casa. Calle por calle. Habíamos recibido órdenes de terminar con cualquier desconocido que empuñara un arma o se acercara hacia nosotros de forma sospechosa. Por si acaso, por simple prevención, también arrebatamos la vida a muchas mujeres y niños, hicimos arder almacenes y saqueamos armamento y joyas de gran valor, de entre los cadáveres. Al fin y al cabo, distinguir entre culpables e inocentes era harto complicado cuando unos y otros se entremezclaban en una difusa turba cuya procedencia y peligrosidad era difícil de determinar.

Durante aquella fatídica noche recuerdo haber visto a mujeres lamerse heridas como perros; a perros hambrientos devorando cuerpos sin vida como ratas; a ratas víctimas de las primeras enfermedades arrastrándose por el suelo como gusanos. Aquella fatídica noche sembramos miseria y cosechamos destrucción.

Fue tan ardua la ofensiva que nos condujo a la victoria final y tan cruenta la resistencia que encontramos, que de hecho no tardamos una sola noche en dominar la ciudad, sino diez, o quizá más. Más de diez noches en las que nuestras espadas y escudos relumbraron en ausencia de las estrellas, mientras el cielo nos contemplaba silenciosamente, mientras el astro sol se ocultaba vestido tras un luto de nubes rojas, grises y negras para no ser testigo de cómo cadáveres aún con vida se defendían lastimosamente a base de palos, arañazos, mordiscos, antes de sucumbir irremediablemente a un obstinado destino caprichoso e inalterable.

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Una regla básica de la naturaleza es que el animal más fuerte mata al más débil. Y no sólo entre especies distintas, sino también entre miembros de una misma especie. Este último caso es un tanto menos frecuente, pero necesario en el caso de que dos animales de un mismo clan opten a una misma presa, o a una misma hembra. En tal caso, ambos deberán batirse en duelo para poner a prueba su valía. En todos los casos, sin embargo, siempre sale triunfante aquél que tiene más oportunidades de sobrevivir. Aquel que está más preparado para la supervivencia. Al fin y al cabo, nada nuevo bajo el sol.

La depredación, sin embargo, es algo distinto, y no siempre tiene el mismo significado. Un león es un depredador, del mismo modo que también lo es una langosta. Ésta, sin embargo, es capaz de depredar, en conjunto, mucho más alimento que el león, puesto que se puede llegar a mover junto a miles y miles de langostas más. No depredan otro animales, pero sí que pueden depredar en cambio campos enteros de cultivo. El primer concepto de depredación, el del león, se define en concepto al hecho de matar por supervivencia. El segundo ejemplo, el de la langosta, depredación se entiende como el hecho de arrasar, exterminar terrenos enteros. Y es cierto que los efectos son mucho más espectaculares en este segundo caso, pero su causa no se separa tampoco de la supervivencia; pues ninguna langosta come más de lo que le corresponde. Es solamente la suma de todas ellas la que provoca tal grado de degradación. León y langosta: dos caminos distintos para un mismo fin.

El ser humano, pero, añade un nuevo significado al concepto de depredación, pues éste ya no solamente destruye para subsistir, sino que mayormente lo hace para alcanzar un mayor grado de comodidad. Algo nunca visto en el mundo animal, pues dos leones sólo se enfrentarían entre ellos si únicamente hubiese una única presa de la que alimentarse. El ser humano, por el contrario, es el primer ser capaz de ambicionar individualmente una proporción mayor de comida que la que es capaz de digerir con tal de estar un peldaño por encima de el resto de humanos. Éste es el problema de estar en la cúspide de la pirámide de depredación. Que el depredador del Hombre es el propio Hombre. Esto nos hace ser el animal más distinto, pero a la vez también el más depredador. Y es que no es más depredador aquel que mata más, sino aquel que lo hace con menor necesidad.

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En el comedor del albergue todo el mundo comentaba la noche especialmente fría y cruel que se estaba avecinando. Eran las ocho de la tarde, pero a él le gustaba cenar pronto, siempre en silencio, siempre solo. Empuñó la cuchara y, tras cazar un par de garbanzos, los cuales se encontraban nadando en un caldo acuoso y gris, se los tragó. Pudo comprobar entonces que la comida, recalentada, no sabía siquiera mejor que la vida misma, pero por suerte era ya mayor, y hacía años que había adquirido el don de la resignación. Sin rechistar, fue dejando el plato vacío, cucharada a cucharada, sorbito a sorbito. Levantó la cabeza y vio, dos asientos hacia su izquierda, a un tipo rebañando el fondo del plato con un mendrugo de pan. Seguidamente volvió de nuevo la mirada hacia su bandeja y se percató de que él carecía de rebanada alguna; soltó un gruñido ininteligible, el cual expresaba, pero, el imperdonable descuido de la cocinera y, agarrando el plato por los extremos con sus gruesos y sucios dedos, lo relamió hasta asegurarse de que no quedaban más sobras por aprovechar.

Una vez hubo terminado de comer salió apresuradamente hacia la calle. Allí, un pastor alemán hembra de diez años, de nombre Zoe y tan vieja y moribunda como él, esperaba tumbada, como cada anochecer, a que volviera su dueño. Al verlo, se apoyó vagamente sobre sus patas traseras y movió débil y tímidamente su rabo. Él, comprendiendo la señal, sacó del bolsillo derecho de su abrigo una servilleta, en cuyo interior había un trozo de pescado debidamente preparado, y se lo ofreció.

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Iba a escribir una parrafada bastante pesada sobre el porqué de empezar a colgar cortometrajes, pero prefiero reservármelo para otra ocasión. La cuestión es que el mundo audiovisual es otra de mis grandes aficiones reprimidas, junto a la fotografía y la literatura. Por eso, después de meditarlo un poco, he decidido inaugurar otra sección, Cortos de café, donde iré colgando cortometrajes, género del cual me considero más interesado que entendido. Es curioso, por cierto, esta afición mía hacia lo breve, casi hacia lo instantáneo, dado que en cuanto a literatura se refiere siempre me ha creado mucho más interés escribir relatos cortos que plantearme realmente en serio una novela interminable. Sea como sea, parece que la gran mayoría de la humanidad prefiera por encima de todo películas y libros largos hasta el punto de llegar marginar todo lo pequeño. ¿Cuántos libros de relatos cortos recordáis que hayan pasado a ser benerados y tomados como obras ejemplares? ¿Cuántos cortometrajes han pasado a los anales de la historia del Séptimo Arte? Desde luego, no demasiados. Pero, para mí, si algo tienen los cortometrajes es una conjunción magnífica de fotografía, reflexión e intensidad contenida mediante breves pero concisos diálogos -o monólogos-.

De momento, aquí os dejo el primero de ellos, Compañía, de Álex Hernández.

P.S. Disculpad la cursiva, no sé porqué hay muchas veces que aunque lo redacte bien, WordPress lo publica sin respetar párrafos, tamaño de letra, formato, etc. Si los problemas persisten quizá deba plantearme cambiar de soporte.

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Porque en la vida, por suerte, no todo es o blanco o negro.

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En España, el arte es convertido en algo cotidiano. En Irlanda, algo cotidiano es convertido en arte.

 Más Phoenix Park.

Debo aclarar, antes de que empecéis a leer, que éste pequeño cuento ha sido expulsado en un acto de rebeldía. Sí, las dos palabras son correctas: tanto expulsado como rebeldía. Porque ayer, después de leer el post de Darthz, me acordé que yo, a mi manera, estaba igual de encharcado, entre novelas inacabadas -e inacabables- y relatos geniales que pierden el pertinente adjetivo nada más convertirse en tinta sobre papel. Y eso, mira tú por donde, me provocó una inmediata reacción de rechazo, haciendo que, en vez de querer estrujarme el cerebro en metáforas imposibles que transmitieran problemas existenciales, mi cerebro se empezara a inundar por momentos de idioteces y excentricidades, de absurdidades surrealistas, de majaretismos -ruego me aceptéis por esta vez la palabra-. Y, una vez mi cabeza hubo almacenado suficiente mezcla de tantos elementos inestables, lo demás fue fácil. Como si de un movimiento mecánico se tratara, me senté frente al ordenador y empecé a transcribir, en forma de relato y de principio a fin, todo aquello que acababa de ahogar mi conciencia. Ni siquiera tuve que pensar el cuento. Él mismo se escribió, y yo, testigo de mi propia creación, sólo puse mis manos para que él mismo se auto narrara. Y, aunque al fin y al cabo no haya resultado ninguna obra maestra, debo reconocer que lo he pasado horriblemente bien escribiendo este ligero divertimento cuyo único fin es el de hacer reír a su propio autor. Curioso, ahora que lo pienso, dado que creo que es la primera vez que escribo algo para que su principal destinatario sea yo mismo. Es más, creo que es la primera vez que un cuento se escribe él mismo para mí. Advertido esto, os dejo con la historia, que espero que cuanto menos la encontréis absurda y estúpida a partes iguales. El entretenimiento no viene garantizado, tampoco era mi intención principal por esta vez, pero sin duda que será, para quien lo sepa encontrar, un valor añadido para esta pequeña obra.

  

El señor Lupin se lavó la cara, se afeitó con una Gilette desechable y se recortó el mostacho frondoso y moreno que le crecía entre el final de la nariz y el labio superior. Después de echarse unas gotas de colonia por la coronilla, la nuca y el cuello, se miró una vez más en el espejo, como si pasara revista, satisfecho con el resultado del producto final. Su cabeza era exageradamente grande y esférica en proporción a su diminuto y escueto cuerpo. Era un pequeño globo terráqueo que engullía un pescuezo casi inexistente y que buscaba unirse a un tronco fino y frágil que a penas lo podía sostener, sobre el cual dirigía constantes movimientos oscilantes a través de un inmenso par de catalejos azules, brillantes y nerviosos.

 

Como de costumbre, se vistió con una camisa de cuadros azules, corbata roja y unos pantalones largos de pana. Tampoco pudo olvidar calzarse sus impecables calcetines negros recién lavados que ejercerían de mediadores entre sus blancos y sudorosos pies y los cálidos zapatos marrón oscuro de siempre. Sin embargo, no fue hasta que llegó al recibidor y, sólo después de esconder sus ropajes bajo un viejo abrigo de terciopelo verde, que notó la ausencia de su sombrero; tan gris como el escaso cabello que se atrevía a asomar tímidamente por encima de sus minúsculas y pegadas orejas, tan redondo y falto de vértices que sólo era capaz de encajar a la perfección en una cabeza como la suya. 

Lupin se incomodó. No se molestó ni si inquietó. Simplemente, se incomodó. Frunció el ceño, cubriendo su frente de arrugas del mismo modo que el mar levanta un oleaje cuando se embravece y, tras efectuar un breve repaso por su apartamento para convencerse de que no merecía la pena seguir buscando por allí, se lanzó a la calle, dispuesto a recuperar el vital objeto, que además le pertenecía. Lupin no tenía ni idea de cuándo lo perdió ni dónde podría encontrarlo, tampoco comprendía por qué no se había percatado antes de su ausencia, pero sí estaba convencido de que el sombrero se encontraba en algún punto indeterminado del  universo y que, costase lo que costase, lo encontraría.

 

El hombre, desorientado por el bullicio de una ciudad que se le antojaba demasiado descomunal y extraña para que sus sentidos la concibieran de un modo finito, palpable y racional, se dedicaba a seguir una trayectoria errática y arbitraria. Por allí por donde pasaba, inspeccionaba las papeleras, observaba las copas de los árboles, por si el sombrero, después de un golpe de viento, había quedado atrapado entre sus ramas, o miraba debajo de los coches aparcados, donde en el mejor de los casos sólo encontraba gatos de calle refugiándose del frío y a los que consideraba unos absolutos impertinentes, dado que nunca le respondían, e incluso salían corriendo, tras las amables preguntas que les formulaba para lograr alguna respuesta a sus indagaciones.

 

Después de toda una laboriosa jornada sin resultados, la búsqueda acabó resultando, sin duda, completamente infructuosa y baldía. Incluso después de desistir encontrarlo, el señor Lupin había estado explorando, sin éxito, tiendas donde poder comprar un diseño similar, pero todos eran demasiado vulgares, demasiado soeces como para acercarse lo más mínimo a competir con su predilecto sombrero.

    

Entonces, de repente, empezó a sentirse mal: débil, agotado, consumido. Se dio cuenta de que le tiritaban los dientes, le temblaban las rodillas. Por si fuera poco, la cabeza le daba vueltas, veía borroso y tenía la garganta seca. Intentó llegar hasta un banco para sentarse a descansar, pero pese a haber establecido contacto visual con él, la distancia es infinita cuando el combustible está agotado. Los pulmones no filtraban aire, el corazón no bombeaba sangre, su cerebro no pensaba con claridad. Cada vez le estaba costando más respirar e, intentar llegar hasta el banco, suponía un esfuerzo agónico que no iba a realizar. Dejó que las piernas le fallaran y quedó tendido, completamente aturdido, en el suelo.

  

Dos horas más tarde, el hombre ingresaba cadáver, tras una reanimación inútil. Posteriormente, tras ser llevado hasta el instituto forense y desposeerle de todas sus pertenencias, no pudieron encontrarle documentación alguna, tampoco agenda ni nada que pudiera poner a las autoridades en contacto con algún familiar suyo, siquiera para identificarle. Las posteriores investigaciones tampoco obtuvieron su fruto, dado que nadie parecía conocerlo ni haber tenido jamás trato con él. Nadie acudió tampoco a reclamar su desaparición. Su paso por este mundo parecía haber sido tan casual y ligero como una hoja de enero antes de ser barrida por una gran ráfaga de aire. 

 

 Por suerte, justo cuando ya se habían perdido todas las esperanzas en descifrar su nombre e iba a ser incinerado y enterrado bajo una placa lisa sin inscripción, el examen post-mortem reveló entre sus intestinos la causa del fallecimiento, así como la identidad del hombre. Su estómago estaba repleto de incontables partículas de tela canosa triturada, de procedencia desconocida, que lo habían intoxicado hasta la muerte. De uno de los pedacitos, además, se consiguió rescatar una pequeña etiqueta, aún entera que, después de ser lavada, reveló una inquietante inscripción: “En caso de extravío, devolver de inmediato al señor Lupin”.

Film House Saxophonist

Ajeno al paso del tiempo, el saxofonista parecía interpretar, mimetizándose con el paisaje, una melancólica melodía exclusivamente compuesta desde y para sus adentros.

 

 

Upper Abey Street, Dublín.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Urban Life Lessons Vol. II

A veces el camino más corto no es el más directo.

-Captura de Phoenix Park, Ireland-

A día de hoy, parece ser que una de las enfermedades de las actuales democracias es que cada vez hay más libertades y menos valores, algo que, aunque no tuviera que ser así, parece contraponerse. “¿Por qué he de comportarme de tal modo si al fin y al cabo tengo la capacidad de escoger cual es la mejor manera de actuar para mis intereses?” Se deben preguntar muchos. Pero lo cierto es que, nos guste o no, vivimos en sociedad. A todas horas estamos rodeados de personas, tanto de familiares, como de amigos como de desconocidos. Y nuestras decisiones, en mayor o menor medida, afectan a quienes nos rodean, por lo que nos es necesario de algún modo regular qué hacemos y cómo lo hacemos.

Y, si en algo se diferencian los valores de las leyes, es que éstas últimas se imponen, mientras que los valores se enseñan, lo cual supone una gran virtud, puesto que las imposiciones podrán ser acatadas aunque no compartidas, lo cual no siempre garantiza un pleno cumplimiento de éstas, mientras que las enseñanzas, al habérnoslas transmitido desde pequeños, siempre serán aceptadas y defendidas por uno mismo.

El problema surge cuando estos valores empiezan a desaparecer de las escuelas, donde parece ser de mayor preocupación y utilidad aprender inglés o matemáticas. Incluso la filosofía parece haber dejado de ser una escuela de pensamiento para pasar a convertirse en una asignatura más, igual de mecánica que aprenderse las tablas de multiplicar. Aunque más grave es, aún si cabe, la utilización, manipulación e imposición subliminal de los (falsos) valores, también contravalores, como negocio.

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¿Es la sobreinformación una degeneración de la libertad?

- Te quiero.

Estas dos palabras, pronunciadas de forma sutil, inesperada, acababan de romper un incómodo silencio en medio de una extraña y desordenada noche.

- ¿Qué? – Dijo ella desorientada y sorprendida, clavándome una mirada que era toda ella un signo de interrogación. 

- Te quiero. – Repetí.

- Creo que no eres consciente de lo que me estás diciendo – respondió ella, asustada, intentando ganar unos segundos para conseguir sobreponerse a la confusa situación.

-  Puede ser, pero te quiero. – Dije con aún más elocuencia.

- Pero tú tienes mujer. – Me recriminó.

- Pero te quiero.

- Y tienes dos hijas.

- Te sigo queriendo aún más.

- ¡Nuestra relación es imposible!

- Te quiero con locura.

Indecisión.

- Yo también te quiero. –Me confesó ella al fin rendida.

- Casémonos. –le insté.

- ¿Aquí? ¿Ahora?

- Sin más. Porque te quiero.

- ¿Y los invitados? ¿Y los vestidos? ¿Y la ceremonia? ¿Y los anillos?

- Al diablo con todo. Simplemente te quiero.

La cogí de la mano y nos besamos. Nos besamos durante largo rato. Nos besamos como si fuéramos a colapsar el mundo, a detener el tiempo.

Finalmente, una leve sonrisa.

- Por dios, Toni. Por un momento creí que todo esto iba en serio.

Nos volvimos a besar.

Tras esa cita perdimos el contacto y no volví a ver jamás aquella joven muchacha de ojos dulces y sonrisa fácil.

Ella no lo sabía, y quizá hubiera debido decírselo. Pero, con el tiempo, me di cuenta de que la quería. 

 

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Vivimos rodeados de carteles, señales y anuncios que nos bombardean diariamente con mensajes, conductas e incitaciones. Sin embargo, hay algunas advertencias que pueden ser, metafóricamente, extrapolables a nuestra propia existencia. “Watch your step”, reza la fotografía de arriba. O, lo que es lo mismo: ten cuidado dónde pones los pies, pues puedes tropezar. Una útil advertencia de la que carecemos en nuestras vidas cuando debemos tomar decisiones arriesgadas.

El caäo

 A todos los anónimos que murieron por una causa justa, o fueron víctimas de otra de injusta.

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