Febrero 2007


A día de hoy, parece ser que una de las enfermedades de las actuales democracias es que cada vez hay más libertades y menos valores, algo que, aunque no tuviera que ser así, parece contraponerse. “¿Por qué he de comportarme de tal modo si al fin y al cabo tengo la capacidad de escoger cual es la mejor manera de actuar para mis intereses?” Se deben preguntar muchos. Pero lo cierto es que, nos guste o no, vivimos en sociedad. A todas horas estamos rodeados de personas, tanto de familiares, como de amigos como de desconocidos. Y nuestras decisiones, en mayor o menor medida, afectan a quienes nos rodean, por lo que nos es necesario de algún modo regular qué hacemos y cómo lo hacemos.

Y, si en algo se diferencian los valores de las leyes, es que éstas últimas se imponen, mientras que los valores se enseñan, lo cual supone una gran virtud, puesto que las imposiciones podrán ser acatadas aunque no compartidas, lo cual no siempre garantiza un pleno cumplimiento de éstas, mientras que las enseñanzas, al habérnoslas transmitido desde pequeños, siempre serán aceptadas y defendidas por uno mismo.

El problema surge cuando estos valores empiezan a desaparecer de las escuelas, donde parece ser de mayor preocupación y utilidad aprender inglés o matemáticas. Incluso la filosofía parece haber dejado de ser una escuela de pensamiento para pasar a convertirse en una asignatura más, igual de mecánica que aprenderse las tablas de multiplicar. Aunque más grave es, aún si cabe, la utilización, manipulación e imposición subliminal de los (falsos) valores, también contravalores, como negocio.

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¿Es la sobreinformación una degeneración de la libertad?

- Te quiero.

Estas dos palabras, pronunciadas de forma sutil, inesperada, acababan de romper un incómodo silencio en medio de una extraña y desordenada noche.

- ¿Qué? – Dijo ella desorientada y sorprendida, clavándome una mirada que era toda ella un signo de interrogación. 

- Te quiero. – Repetí.

- Creo que no eres consciente de lo que me estás diciendo – respondió ella, asustada, intentando ganar unos segundos para conseguir sobreponerse a la confusa situación.

-  Puede ser, pero te quiero. – Dije con aún más elocuencia.

- Pero tú tienes mujer. – Me recriminó.

- Pero te quiero.

- Y tienes dos hijas.

- Te sigo queriendo aún más.

- ¡Nuestra relación es imposible!

- Te quiero con locura.

Indecisión.

- Yo también te quiero. –Me confesó ella al fin rendida.

- Casémonos. –le insté.

- ¿Aquí? ¿Ahora?

- Sin más. Porque te quiero.

- ¿Y los invitados? ¿Y los vestidos? ¿Y la ceremonia? ¿Y los anillos?

- Al diablo con todo. Simplemente te quiero.

La cogí de la mano y nos besamos. Nos besamos durante largo rato. Nos besamos como si fuéramos a colapsar el mundo, a detener el tiempo.

Finalmente, una leve sonrisa.

- Por dios, Toni. Por un momento creí que todo esto iba en serio.

Nos volvimos a besar.

Tras esa cita perdimos el contacto y no volví a ver jamás aquella joven muchacha de ojos dulces y sonrisa fácil.

Ella no lo sabía, y quizá hubiera debido decírselo. Pero, con el tiempo, me di cuenta de que la quería. 

 

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Vivimos rodeados de carteles, señales y anuncios que nos bombardean diariamente con mensajes, conductas e incitaciones. Sin embargo, hay algunas advertencias que pueden ser, metafóricamente, extrapolables a nuestra propia existencia. “Watch your step”, reza la fotografía de arriba. O, lo que es lo mismo: ten cuidado dónde pones los pies, pues puedes tropezar. Una útil advertencia de la que carecemos en nuestras vidas cuando debemos tomar decisiones arriesgadas.

El caäo

 A todos los anónimos que murieron por una causa justa, o fueron víctimas de otra de injusta.

No entiendo qué ha podido salir mal. Les he dado la facultad de vivir y, sin embargo, han decidido matar. Les he dado la facultad de amar, pero, contrariamente a eso, han empezado a odiar. Les he dado la oportunidad de ser libres, pero han decidido crear fronteras, encerrarse en ellas y destruirse por un puñado de tierra. Les he dejado dominar el mundo, y se han convertido en simples y crueles depredadores.
- ¿Les has enseñado a perdonar?
- ¿Perdonar? Sabe Dios qué será eso…

Proyectos, ideas, borradores, lienzo en blanco, ignorancia, fijación, nervios, tanteo, aproximación, sudor, inexperiencia, error, rechazo, fracaso, desesperación.
Aprendizaje, esfuerzo, disciplina, estudio, técnica, constancia, confianza, modestia, paciencia, templanza, tiempo, observación, dedicación.
Madurez, tenacidad, inspiración, ensayo, sencillez, deseo, vacilación. Ímpetu, seguridad, pequeña mancha, corrección, iniciativa, sensualidad, pasión desenfrenada, complicidad, orden entre el desorden, unión, maestría, creatividad, conocimiento, vivacidad, placer, espontaneidad, suspiro contenido, cúspide, apoteosis; culminación.

La mujer, hermosa y jovial, se mudaba delante del tocador de su habitación. Acababa de vestirse con un resplandeciente y ajustado vestido azul, cuyo diseño resaltaba sus finos hombros, sus voluptuosos senos, su perfecta sinuosidad femenina. Se examinaba delante del cristal con la fragilidad e inocencia pueril con que lo haría una chica de quince años que acude a su primer baile, mientras cantaba, risueña, una canción de cuna.
Cogió un pintalabios rojo y lo apretó contra sus tiernos labios; acto seguido, cubrió a éstos de un candente color carmín, tan intenso como las ascuas del fuego, emanantes de centellas incandescentes.
Con un fino lápiz resiguió sus negras pestañas, las cuales contrastaban con la maravillosa transparencia de sus pupilas, desde las cuales se podía acceder hasta lo más hondo de su corazón. Acto seguido, esparció por su rostro un fino polvo, ‘polvo de estrellas’, gustábale decir, pues eran derramados suavemente para palidecer tímidamente sus mejillas, como si de una lluvia de cometas en medio de la opacidad absoluta del universo se tratara.
Tras eso, tomó su extenso y perfumado cabello jazmín, y, liberándolo del recogedor que lo mantenía sujeto, lo dejó caer, ondulante y harmonioso, hasta su máximo punto de flacidez. Luego, recogió de una pequeña y redonda cajita de porcelana unos pendientes vistosos y relucientes que parecían bailar alrededor de su rostro.
Cuando hubo hecho todo eso, dirigióse al fin a calzarse. Cogió con dulzura los tacones comprados para la ocasión tan sólo unas horas atrás y deslizó cuidadosamente sus pies, los cuales se introdujeron hasta encajar perfectamente en su interior. Acto seguido, roció su cuello de cisne con unas gotas de perfume, recogió su abrigo y salió de casa.

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El otro día, por la noche, volviendo a casa después de haber estado con unos amigos en un bar, donde la falsa sensación de felicidad es tan efímera como el tiempo que tarda el hielo de tu vaso en derretirse, me sobrevino la repentina necesidad de aislarme, de quedarme solo y reflexionar. Así, llegué hasta la playa, a tan solo cuatro pasos de mi casa; me acerqué hasta pocos metros de la orilla y me senté. El móvil me avisó entonces de que acababa de recibir un mensaje de alguien; ni siquiera lo leí. No quería que nada enturbiase ese mágico momento donde la calma de las olas hacen brotar espontáneamente de tu mente decenas de melodías, centenares de recuerdos, y tantos otros pensamientos. Levanté entonces la cabeza, descubriendo ante mí un genial mapa de estrellas, y hasta me entretuve un rato imaginando figuras, uniendo puntos blancos en la inmensidad del firmamento. Pasado un rato, me di cuenta de que la luna no había salido aquella noche. La busqué, mas fue en vano. Las nubes la cubrían con un velo de invisibilidad. Y fue en ese momento cuando, rastreando con mi imaginación entre todo el mar de estrellas en busca de cualquier rastro que hubiera podido dejar la luna, topé inesperadamente con un punto luminoso que por su color y brillo jamás había visto hasta entonces. Sólo sé decir que despuntaba de tal manera de las demás, que estremecía de lo hipnotizante que era. Parecía ser la única capaz de aguantar mi mirada sin antes difuminarse entre el gran espesor de la nada, la única de no avergonzarse, como yo, de su soledad y desasosiego, y de seguir brillando, aún con luz rasgada, como la más bella. Nos miramos y casi alcanzamos a tocarnos. Fallamos, pero el silencio con el que aguarda la complicidad que se halla semioculta, nos bastó. Sabedor de la imposibilidad de nuestras intenciones, cerré impotente los puños, mientras el cielo derramaba polvos de estrella. Poco después, los primeros rayos de sol empezaron a iluminar el cielo anunciando la llegada de un nuevo día. Las aguas marinas despertaron de su sueño y empezaron a agitarse, revueltas, hasta escupir espuma, que cubría toda la superficie. Cuando quise volver a fijarme, ese maravilloso punto luminoso había ya desaparecido. Rastreé de nuevo los cielos, frenético, en su búsqueda. Pero era ya demasiado tarde. Las olas, que seguían rugiendo, se levantaron embravecidas y salpicaron mi rostro, que quedó impregnado de sal y agua. Y, al girarme, me pareció por un momento ver asomar la luna, furiosa, inundada de envidia, desprotegida al fin de su manto infinito e invisible, dañada en lo más hondo de su orgullo.

 

Primero se manifiesta tan sólo como un breve vibrar, tan leve e imperceptible como un susurro. Nadie lo advierte. Mas, tras ello, de forma continuada y progresiva, le acompaña un retumbar agresivo e incandescente que amenaza, de improviso, a los nobles comensales de la cena en el majestuoso Salón Imperial. La inquietud inicial da paso a la incredulidad, la cual no tarda en engendrar nervios, pánico, estupor.
Un cristal estalla en mil pedazos.
Voces, carreras, griteríos. Avalanchas y descontrol. La guardia, apresuradamente, hace acto de presencia en una acción puramente simbólica. No ha habido ensayo. No hay posible actuación.
Un pedazo de techo se desprende alcanzando al rey. Decapitación. Su corona cae y se pierde entre el tumulto.
Fuego. Gente que intenta huir. Gente atrapada. Cadáveres pisoteados. Algunos, aún parecen respirar.
Caos. Lanzas invisibles atraviesan los frágiles cuerpos que aún anhelan su salvación. El enemigo es omnipresente. No hay oportunidad siquiera de luchar. E igualmente inútil resulta la rendición. El asedio es breve; al poco tiempo todo resulta arrasado. El castillo se desmorona, descomponiéndose y llevándose consigo torres, princesas y dragones, lámparas mágicas y espejos malditos. En su lugar ya sólo quedan escombros, mugre, devastación. Un mundo entero se desvanece bajo la sombra. No hay vuelta atrás. Una pluma ha dictaminado su destrucción.

 

Había enloquecido. Corría por su estudio empuñando un martillo, tez desencajada, juicio perdido. Arremetía contra sus obras hasta humillarlas, desmenuzarlas, despedazarlas. Las esculturas, horrorizadas y conscientes de su trágico destino, parecían querer escapar en vano a tal infortunio, resignándose a contemplar, silenciosas y agonizantes, en vilo su macabro destino.
¡Ay! ¿Qué será de mí? Pregonaba la triste Afrodita de rasgos finos y empañados ojos brillantes, pues pese a sus lamentos también ella sucumbiría a la lujuria del voraz e incompasivo Urano.
Gemidos y lamentos ahogaron los estremecedores llantos que brotaron incesantes en la cámara mortuoria, antes galería de arte. Mas cuando las inútiles carreras habían por fin cesado, entre inertes y mutilados cuerpos en el suelo yacentes, aún una voz, instantes antes de expirar, se levantó para proclamar:
“Desgraciado tú, oh Creador nuestro que nos has destruido, pues de ti ya nada quedará tras tus cenizas. Date cuenta pues, que ahora, ya mismo, has alcanzado tu final”.
Tras ello, un desgarrado grito de horror resonando en la estancia.
Tras ello, un frágil cuerpo desalmado cae desplomado entre desfigurados rostros de cristal.
Tras ello, al fin, silencio.