- Te quiero.
Estas dos palabras, pronunciadas de forma sutil, inesperada, acababan de romper un incómodo silencio en medio de una extraña y desordenada noche.
- ¿Qué? – Dijo ella desorientada y sorprendida, clavándome una mirada que era toda ella un signo de interrogación.
- Te quiero. – Repetí.
- Creo que no eres consciente de lo que me estás diciendo – respondió ella, asustada, intentando ganar unos segundos para conseguir sobreponerse a la confusa situación.
- Puede ser, pero te quiero. – Dije con aún más elocuencia.
- Pero tú tienes mujer. – Me recriminó.
- Pero te quiero.
- Y tienes dos hijas.
- Te sigo queriendo aún más.
- ¡Nuestra relación es imposible!
- Te quiero con locura.
Indecisión.
- Yo también te quiero. –Me confesó ella al fin rendida.
- Casémonos. –le insté.
- ¿Aquí? ¿Ahora?
- Sin más. Porque te quiero.
- ¿Y los invitados? ¿Y los vestidos? ¿Y la ceremonia? ¿Y los anillos?
- Al diablo con todo. Simplemente te quiero.
La cogí de la mano y nos besamos. Nos besamos durante largo rato. Nos besamos como si fuéramos a colapsar el mundo, a detener el tiempo.
Finalmente, una leve sonrisa.
- Por dios, Toni. Por un momento creí que todo esto iba en serio.
Nos volvimos a besar.
Tras esa cita perdimos el contacto y no volví a ver jamás aquella joven muchacha de ojos dulces y sonrisa fácil.
Ella no lo sabía, y quizá hubiera debido decírselo. Pero, con el tiempo, me di cuenta de que la quería.