A día de hoy, parece ser que una de las enfermedades de las actuales democracias es que cada vez hay más libertades y menos valores, algo que, aunque no tuviera que ser así, parece contraponerse. “¿Por qué he de comportarme de tal modo si al fin y al cabo tengo la capacidad de escoger cual es la mejor manera de actuar para mis intereses?” Se deben preguntar muchos. Pero lo cierto es que, nos guste o no, vivimos en sociedad. A todas horas estamos rodeados de personas, tanto de familiares, como de amigos como de desconocidos. Y nuestras decisiones, en mayor o menor medida, afectan a quienes nos rodean, por lo que nos es necesario de algún modo regular qué hacemos y cómo lo hacemos.

Y, si en algo se diferencian los valores de las leyes, es que éstas últimas se imponen, mientras que los valores se enseñan, lo cual supone una gran virtud, puesto que las imposiciones podrán ser acatadas aunque no compartidas, lo cual no siempre garantiza un pleno cumplimiento de éstas, mientras que las enseñanzas, al habérnoslas transmitido desde pequeños, siempre serán aceptadas y defendidas por uno mismo.

El problema surge cuando estos valores empiezan a desaparecer de las escuelas, donde parece ser de mayor preocupación y utilidad aprender inglés o matemáticas. Incluso la filosofía parece haber dejado de ser una escuela de pensamiento para pasar a convertirse en una asignatura más, igual de mecánica que aprenderse las tablas de multiplicar. Aunque más grave es, aún si cabe, la utilización, manipulación e imposición subliminal de los (falsos) valores, también contravalores, como negocio.

Con ello me refiero a todos los modos de comportamiento impuestos por televisiones y medios de difusión en general, donde es sabido que a la hora de seleccionar contenidos, la audiencia, si no la única, es la máxime consigna a la que se aferran, eludiendo así cualquier filtro ético y moral. Ejemplo de ello es el hecho de que en televisión cada vez existen mayor y mayores cuerpos perfectos, mientras que en la realidad cada vez hay mayor y mayores obesos -y anoréxicos-. Todo esto junto crea una distorsión de la realidad donde valores y contravalores acaban juntándose y entremezclándose en una especie de ya muy gastado carpe diem en el que se nos enseña más a disfrutar de nuestros errores que a aprender de ellos. Pero no nos engañemos, forma todo parte de la misma indústria. Ellos te enseñan a equivocarte y, para compensarte, también te enseñan cómo disfrutar tus errores.

Por todo ello, es necesario aplicar un cambio. El problema viene dado porque resulta mucho más fácil, aun sabiendo que estamos yendo en dirección contraria, dejarse llevar por la corriente que ir en contra de ella. Pero los grandes cambios, por suerte o por desgracia, jamás ha sido gracias a las mayorías. De seguir así, seguiremos perdiendo cada vez más nuestra propia conciencia y terminaremos conviertiéndonos en auténticos productos del sistema, de los cuales mucha gente, sabiéndolo o no, forma ya parte. Aceptar un problema no sirve más que para evidenciar que éste existe. Por eso, es necesario que, de una vez por todas, el pensamiento vuelva a hacer acto presencia en las escuelas y sea fruto de divulgación para que nuestro razonamiento nos permita dejar de ser simples seres y volvamos a ser personas.