Debo aclarar, antes de que empecéis a leer, que éste pequeño cuento ha sido expulsado en un acto de rebeldía. Sí, las dos palabras son correctas: tanto expulsado como rebeldía. Porque ayer, después de leer el post de Darthz, me acordé que yo, a mi manera, estaba igual de encharcado, entre novelas inacabadas -e inacabables- y relatos geniales que pierden el pertinente adjetivo nada más convertirse en tinta sobre papel. Y eso, mira tú por donde, me provocó una inmediata reacción de rechazo, haciendo que, en vez de querer estrujarme el cerebro en metáforas imposibles que transmitieran problemas existenciales, mi cerebro se empezara a inundar por momentos de idioteces y excentricidades, de absurdidades surrealistas, de majaretismos -ruego me aceptéis por esta vez la palabra-. Y, una vez mi cabeza hubo almacenado suficiente mezcla de tantos elementos inestables, lo demás fue fácil. Como si de un movimiento mecánico se tratara, me senté frente al ordenador y empecé a transcribir, en forma de relato y de principio a fin, todo aquello que acababa de ahogar mi conciencia. Ni siquiera tuve que pensar el cuento. Él mismo se escribió, y yo, testigo de mi propia creación, sólo puse mis manos para que él mismo se auto narrara. Y, aunque al fin y al cabo no haya resultado ninguna obra maestra, debo reconocer que lo he pasado horriblemente bien escribiendo este ligero divertimento cuyo único fin es el de hacer reír a su propio autor. Curioso, ahora que lo pienso, dado que creo que es la primera vez que escribo algo para que su principal destinatario sea yo mismo. Es más, creo que es la primera vez que un cuento se escribe él mismo para mí. Advertido esto, os dejo con la historia, que espero que cuanto menos la encontréis absurda y estúpida a partes iguales. El entretenimiento no viene garantizado, tampoco era mi intención principal por esta vez, pero sin duda que será, para quien lo sepa encontrar, un valor añadido para esta pequeña obra.

  

El señor Lupin se lavó la cara, se afeitó con una Gilette desechable y se recortó el mostacho frondoso y moreno que le crecía entre el final de la nariz y el labio superior. Después de echarse unas gotas de colonia por la coronilla, la nuca y el cuello, se miró una vez más en el espejo, como si pasara revista, satisfecho con el resultado del producto final. Su cabeza era exageradamente grande y esférica en proporción a su diminuto y escueto cuerpo. Era un pequeño globo terráqueo que engullía un pescuezo casi inexistente y que buscaba unirse a un tronco fino y frágil que a penas lo podía sostener, sobre el cual dirigía constantes movimientos oscilantes a través de un inmenso par de catalejos azules, brillantes y nerviosos.

 

Como de costumbre, se vistió con una camisa de cuadros azules, corbata roja y unos pantalones largos de pana. Tampoco pudo olvidar calzarse sus impecables calcetines negros recién lavados que ejercerían de mediadores entre sus blancos y sudorosos pies y los cálidos zapatos marrón oscuro de siempre. Sin embargo, no fue hasta que llegó al recibidor y, sólo después de esconder sus ropajes bajo un viejo abrigo de terciopelo verde, que notó la ausencia de su sombrero; tan gris como el escaso cabello que se atrevía a asomar tímidamente por encima de sus minúsculas y pegadas orejas, tan redondo y falto de vértices que sólo era capaz de encajar a la perfección en una cabeza como la suya. 

Lupin se incomodó. No se molestó ni si inquietó. Simplemente, se incomodó. Frunció el ceño, cubriendo su frente de arrugas del mismo modo que el mar levanta un oleaje cuando se embravece y, tras efectuar un breve repaso por su apartamento para convencerse de que no merecía la pena seguir buscando por allí, se lanzó a la calle, dispuesto a recuperar el vital objeto, que además le pertenecía. Lupin no tenía ni idea de cuándo lo perdió ni dónde podría encontrarlo, tampoco comprendía por qué no se había percatado antes de su ausencia, pero sí estaba convencido de que el sombrero se encontraba en algún punto indeterminado del  universo y que, costase lo que costase, lo encontraría.

 

El hombre, desorientado por el bullicio de una ciudad que se le antojaba demasiado descomunal y extraña para que sus sentidos la concibieran de un modo finito, palpable y racional, se dedicaba a seguir una trayectoria errática y arbitraria. Por allí por donde pasaba, inspeccionaba las papeleras, observaba las copas de los árboles, por si el sombrero, después de un golpe de viento, había quedado atrapado entre sus ramas, o miraba debajo de los coches aparcados, donde en el mejor de los casos sólo encontraba gatos de calle refugiándose del frío y a los que consideraba unos absolutos impertinentes, dado que nunca le respondían, e incluso salían corriendo, tras las amables preguntas que les formulaba para lograr alguna respuesta a sus indagaciones.

 

Después de toda una laboriosa jornada sin resultados, la búsqueda acabó resultando, sin duda, completamente infructuosa y baldía. Incluso después de desistir encontrarlo, el señor Lupin había estado explorando, sin éxito, tiendas donde poder comprar un diseño similar, pero todos eran demasiado vulgares, demasiado soeces como para acercarse lo más mínimo a competir con su predilecto sombrero.

    

Entonces, de repente, empezó a sentirse mal: débil, agotado, consumido. Se dio cuenta de que le tiritaban los dientes, le temblaban las rodillas. Por si fuera poco, la cabeza le daba vueltas, veía borroso y tenía la garganta seca. Intentó llegar hasta un banco para sentarse a descansar, pero pese a haber establecido contacto visual con él, la distancia es infinita cuando el combustible está agotado. Los pulmones no filtraban aire, el corazón no bombeaba sangre, su cerebro no pensaba con claridad. Cada vez le estaba costando más respirar e, intentar llegar hasta el banco, suponía un esfuerzo agónico que no iba a realizar. Dejó que las piernas le fallaran y quedó tendido, completamente aturdido, en el suelo.

  

Dos horas más tarde, el hombre ingresaba cadáver, tras una reanimación inútil. Posteriormente, tras ser llevado hasta el instituto forense y desposeerle de todas sus pertenencias, no pudieron encontrarle documentación alguna, tampoco agenda ni nada que pudiera poner a las autoridades en contacto con algún familiar suyo, siquiera para identificarle. Las posteriores investigaciones tampoco obtuvieron su fruto, dado que nadie parecía conocerlo ni haber tenido jamás trato con él. Nadie acudió tampoco a reclamar su desaparición. Su paso por este mundo parecía haber sido tan casual y ligero como una hoja de enero antes de ser barrida por una gran ráfaga de aire. 

 

 Por suerte, justo cuando ya se habían perdido todas las esperanzas en descifrar su nombre e iba a ser incinerado y enterrado bajo una placa lisa sin inscripción, el examen post-mortem reveló entre sus intestinos la causa del fallecimiento, así como la identidad del hombre. Su estómago estaba repleto de incontables partículas de tela canosa triturada, de procedencia desconocida, que lo habían intoxicado hasta la muerte. De uno de los pedacitos, además, se consiguió rescatar una pequeña etiqueta, aún entera que, después de ser lavada, reveló una inquietante inscripción: “En caso de extravío, devolver de inmediato al señor Lupin”.