En el comedor del albergue todo el mundo comentaba la noche especialmente fría y cruel que se estaba avecinando. Eran las ocho de la tarde, pero a él le gustaba cenar pronto, siempre en silencio, siempre solo. Empuñó la cuchara y, tras cazar un par de garbanzos, los cuales se encontraban nadando en un caldo acuoso y gris, se los tragó. Pudo comprobar entonces que la comida, recalentada, no sabía siquiera mejor que la vida misma, pero por suerte era ya mayor, y hacía años que había adquirido el don de la resignación. Sin rechistar, fue dejando el plato vacío, cucharada a cucharada, sorbito a sorbito. Levantó la cabeza y vio, dos asientos hacia su izquierda, a un tipo rebañando el fondo del plato con un mendrugo de pan. Seguidamente volvió de nuevo la mirada hacia su bandeja y se percató de que él carecía de rebanada alguna; soltó un gruñido ininteligible, el cual expresaba, pero, el imperdonable descuido de la cocinera y, agarrando el plato por los extremos con sus gruesos y sucios dedos, lo relamió hasta asegurarse de que no quedaban más sobras por aprovechar.
Una vez hubo terminado de comer salió apresuradamente hacia la calle. Allí, un pastor alemán hembra de diez años, de nombre Zoe y tan vieja y moribunda como él, esperaba tumbada, como cada anochecer, a que volviera su dueño. Al verlo, se apoyó vagamente sobre sus patas traseras y movió débil y tímidamente su rabo. Él, comprendiendo la señal, sacó del bolsillo derecho de su abrigo una servilleta, en cuyo interior había un trozo de pescado debidamente preparado, y se lo ofreció.
Tras eso, caminaron juntos durante un rato indeterminado. Las hojas cubrían el suelo de tonalidades marrones y ocres, y su presencia, casi invisible, parecía ser solamente advertida por el monótono crujido de su andar; el cielo, turbio y espeso, anunciaba lluvia. Después de unas cuantas travesías revolviendo pacientemente residuos en papeleras y contenedores, pudo encontrar una caja de cerillas que, para su sorpresa, contenía aún unos pocos fósforos. Decidió guardársela, tras lo cual, hombre y perro, al no encontrar nada de mayor valor, prosiguieron su camino.
Pronto llegó la más absoluta oscuridad, sólo contrastada por una luna llena semioculta, la cual iba transformando cada figura que iluminaba bajo sí en grotescas y llamativas sombras espectrales. Sin embargo, tras esa distorsión parecía hallarse la auténtica esencia de cada cual. Niños, mujeres y ancianos se entremezclaban confusamente entre contornos indefinidos e imperfectos; hombres con maletines despertaban los demonios de su interior al tiempo que cuerpos semidesnudos aullaban sordamente bajo el amparo del anochecer.
El vagabundo decidió encender una cerilla. Pero no hizo nada más con ella. Únicamente se la quedó mirando, atento, intentando penetrar con sus ojos las llamas amarillentas y rojizas para alcanzar a ver lo más hondo de su interior. Y, por un momento, creyó haberlo conseguido. Mientras lo hacía, sus pensamientos le transportaron a un lejano y obsoleto pasado. No consiguió recordar nada más que leves abstracciones, nada más que vagas ilusiones enterradas, deseos derruidos y aspiraciones latentes que no se atrevía a rescatar.
La cerilla se consumió pronto. Pero al vagabundo le gustó, y volvió a intentarlo de nuevo con otra. Esta vez procuró resguardarla bien del viento, hacer que los pocos segundos que duraba el deseo se extendieran hasta una pequeña y breve eternidad. Así que se hubo concentrado y le hubo cedido aún más atención, y cuando el segundo fósforo fue prendido, se fueron definiendo en su mente desordenada un sinfín de imágenes de columpios, jardines y pintalabios; también de nubes, plumas y cartas, violines y gaviotas, estrellas, perlas y esperanza.
Pero, al apagarse el pequeño fuego, fue incapaz de recordar nada de lo que hacía unos instantes acababa de sentir. Nervioso, casi delirante, el hombre miró a Zoe, la cual no había perdido de vista ni un instante la pequeña cajetilla que su dueño protegía entre sus manos como si de un maravilloso tesoro se tratara. Ésta, pareciendo comprender la excitación del hombre, le respondió con un ladrido juguetón e inquieto.
Uno a uno, el vagabundo fue cogiendo los fósforos, de manera cada vez más frenética y desquiciante, compulsiva y obsesiva, escrutándolos y analizándolos detenidamente, convirtiendo cada uno de ellos en un camino regresivo para reencontrarse consigo mismo.
Tras la última cerilla, el suelo quedó definitivamente ennegrecido por los miles de caprichos incinerados, difuminados ahora en polvo. Cuando todo hubo terminado, el hombre, de manera tranquila y sosegada, se limitó a lanzarle al cenit un desafiante jaque en forma de sonrisa, y se acostó, tendiéndose junto a Zoe, para dormir y protegerse del fuerte temporal invernal.
A la mañana siguiente, un tumulto de gente se fue congregando al percatarse de que los cuerpos frágiles y confinados de un hombre y un animal yacían inertes y sin vida en un extremo medio oculto de un callejón. Nadie se percató, sin embargo, de cómo sus cenizas se levantaban del suelo, retomaban el vuelo y se perdían, irremediablemente, por encima de sus cabezas.
Julio 31, 2008 at 9:21 pm
Albert se m’ha posat la pell de gallina, ets un crack. Has sapigut transmetre de veritat. No deixis d’escriure!